¿Cómo se hace un retrato?
¿Cómo se hace un retrato?
¿Por qué si dos fotógrafos con la misma cámara, el mismo sujeto, la misma luz y la misma locación disparan salen cosas diferentes?
¿Por qué hay miles de fotos de personas y tan pocos retratos?
La foto que está arriba la hizo mi hijo Leonardo. La historia detrás de la imagen, y del resto de la serie a la que pertenece, me es conocida y más que aclararme me confunde, no porque la imagen no sea coherente, sino porque la imagen funda otra historia: es un comienzo no un final, es un retrato no una ilustración, es poesía.
Una persona, una pared blanca, una luz, nada "especial". Del otro lado de la cámara un muchacho que supo mirar, que se ocupó y le importó mirar, e hizo click. Eso lo hace fotógrafo y hace de esta imagen un retrato.
El heroismo de la visión
| “En mi opinión –declaró Zola-, no se puede declarar que se ha visto algo en verdad hasta que se lo ha fotografiado”. | La forma definitiva de mirar. |
| El fotógrafo era tenido por un observador agudo pero imparcial: un escriba, no un poeta. Pero como la gente pronto descubrió que nadie retrata lo mismo de la misma manera, la suposición de que las cámaras procurar una imagen objetiva e impersonal cedió ante el hecho de que las fotografías no sólo evidencian lo que hay sino lo que un individuo ve, no son sólo un registro sino una evaluación del mundo[…] visión activa, adquisitiva, valorativa y gratuita. | Visión personal. Heroísmo de la visión. |
| El momento oportuno llega cuando se pueden ver las cosas (especialmente lo que todo el mundo ya ha visto) de un modo nuevo. | El momento oportuno, a lo Stieglitz. |
| En 1909 Stieglitz advierte la innegable influencia de la fotografía en la pintura[…] Los pintores impresionistas se adhieren a un estilo de composición estrictamente fotográfico[…] El pintor construye, el fotógrafo revela. Es decir, ante una fotografía la identificación del tema siempre prevalece en la percepción, cosa que no ocurre necesariamente con la pintura[…] Por lo tanto, las cualidades formales el estilo –meta central de la pintura- a lo sumo tienen importancia secundaria en la fotografía, mientras que siempre tiene fundamental importancia qué es lo fotografiado. | Fotografía e impresionismo. El título añade belleza a la fotografía al revelar el objeto. |
| Al apropiarse de la tarea de retratar de manera realista, otrora monopolizada por la pintura, la fotografía liberó a la pintura para su gran vocación moderna: la abstracción[…] Y una fotografía jamás puede trascender lo puramente visual, algo que en un sentido es la meta última de la pintura moderna. | La fotografía, más que una amenaza para la pintura, fue su liberadora. |
| El ethos de la fotografía parece más próximo al de la poesía que al de la pintura moderna. Así como la pintura se ha vuelto cada vez más conceptual, la poesía (desde Apollinaire, Eliot, Pound y William Carlos Williams) se ha definido cada vez más por su interés en lo visual. (“No hay verdad salvo en las cosas”, como declaró Williams) El compromiso de la poesía con la concreción y la autonomía del lenguaje es paralelo al compromiso de la fotografía con la visión pura. Ambas implican una discontinuidad, formas desarticuladas y unidad compensatoria: arrancar a las cosas del contexto (para verlas de una manera nueva), enlazar las cosas elípticamente de acuerdo con las imperiosas aunque a menudo arbitrarias exigencias de la subjetividad. | Fotografía y poesía. Lo visual. Aislar y recomponer. |
| Pero mientras D. H. Lawrence quería restaurar la totalidad de la apreciación sensoria, el fotógrafo – aun cuando sus pasiones mucho evocan las de Lawrence – insiste en la preeminencia de un sentido: la vista. | Un solo sentido: la vista. |
| En la primordial tradición fotográfica de lo bello, la belleza requiere el sello de una decisión humana: que esto sirva para una buena fotografía, y que la bella fotografía transmita un mensaje[…] Aunque no han cesado de buscar la belleza, ya no se piensa que la fotografía propicia una revelación psíquica bajo la égida de lo bello. | Lo bello necesario, pero no suficiente. |
| Las generaciones recientes de fotógrafos prefieren mostrar el desorden, destilar una anécdota casi siempre inquietante, antes de aislar una “forma simplificada” (expresión de Weston) en última instancia tranquilizadora[…] revelar la verdad y no la belleza[…] Para los fotógrafos no hay, en definitiva, diferencia alguna –ninguna ventaja estética importante- entre el esfuerzo por embellecer el mundo y el esfuerzo contrario por arrancarle la máscara. | Caos como estética. Verdad como meta. |
| Cada fotografía es un mero fragmento, su peso moral y emocional depende de dónde se inserta[…] Con cada fotografía ocurre lo que Wittgenstein argumentaba sobre las palabras: su significado es el uso[…] la fotografía es siempre un objeto en un contexto. | Importancia del contexto. |
| Las fotografías pueden angustiar, en efecto. Pero la tendencia estetizante de la fotografía es tal que el medio que transmite la angustia termina por neutralizarla[…] Al exponer lo cosificado de los seres humanos, la humanidad de las cosas, la fotografía transforma la realidad en una tautología. | Fotografía como acto humanizador. |
| Robert Frank se limitaba a ser honrado cuando declaró que “para producir un auténtico documento contemporáneo el impacto visual tendría que ser tan fuerte como para anular la explicación”. Si las fotografías son mensajes, el mensaje es diáfano y misterioso a la vez. “Una fotografía es un secreto acerca de un secreto – observó Arbus- , cuanto más te dice menos sabes”. | Comunicar lo bello es más fácil que comunicar la verdad. |
Objetos melancólicos
| La fotografía tiene la deslucida reputación de ser la más realista, y por ende la más hacedera, de las artes miméticas. De hecho, es el único arte que ha logrado cumplir con la ostentosa y secular amenaza de una usurpación surrealista de la sensibilidad moderna. | Arte mimético por excelencia. |
| La actividad fotográfica convencional ha mostrado que una manipulación o dramatización surrealista de lo real es innecesaria, cuando no en efecto redundante. El surrealismo se encuentra en la médula misma de la empresa fotográfica: en la creación misma de un duplicado del mundo, de una realidad de segundo grado, más estrecha pero más dramática que la percibida por la visión natural[…] Lo que vuelve surreal una fotografía es su irrefutable patetismo como mensaje de un tiempo pasado[…] Lo surreal es la distancia que la fotografía impone y franquea: la distancia social y la distancia temporal. | Único arte surreal de origen. |
| Las fotografías no parecen depender en exceso de las intenciones del artista. Más bien deben su existencia a una cooperación libre (cuasi mágica, cuasi accidental) entre fotógrafo y tema, mediada por una máquina cada vez más simple y automatizada, incansable y que aun caprichosa puede producir un resultado interesante y nunca del todo erróneo. | Poca intención, mucha coincidencia y suerte. |
| La miseria social ha alentado a los acomodados a hacer fotografías, la más sueva de las depredaciones, con el objeto de documentar una realidad oculta, es decir, una realidad oculta para ellos[…] El fotógrafo es una versión armada del paseante solitario que explora, acecha, cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre en la ciudad un paisaje de extremos voluptuosos[…] Pero en el fondo la cámara transforma a cualquiera en turista de la realidad de otras personas, y a la larga de la propia[…] El fotógrafo saquea y preserva, denuncia y consagra a la vez. | Fotografía como cacería, búsqueda de lo exótico. |
| Los profesionales y los ricos suelen fotografiarse en interiores sin aditamentos. Hablan por sí mismos. Los obreros y desclasados suelen estar fotografiados en un escenario (a menudo exterior) que los ubica, que habla en su nombre, como si no pudiera suponérseles la personalidad definida que se desarrolla normalmente en las clases media y alta. | Avedon intentó superar esto. ¿Lo logró? |
| Encontrar bello lo que otros encontraban feo o carente de interés y relevancia: ornamentos, objetos naif o pop, desechos urbanos. | Belleza en lo desechado. |
| La vida no consiste en detalles significativos, iluminados por un destello, fijados para siempre. La fotografía sí[…] Los fotógrafos, operando dentro de los términos de la sensibilidad surrealista, insinúan la vanidad de intentar siquiera comprender el mundo y en cambio nos proponen que lo coleccionemos. | Coleccionar el mundo, acto surrealista. |
Estados unidos visto por fotografías, oscuramente
| (Para los fotógrafos aficionados) una fotografía bella es la de algo bello[…] los profesionales ambiciosos se han apartado sin | Fotografiar es conferir importancia. |
| Cada cosa o persona fotografiada se transforma: en una fotografía; y por lo tanto se vuelve equivalente en lo moral a cualquiera otra de sus fotografías. | Fotografía ensalzadora e igualadora. |
| Buñuel, cuando una vez se le preguntó por qué hacía películas, respondió que era para “mostrar que este no es el mejor de los mundos posibles”. Arbus tomaba fotografías para mostrar algo más simple: que hay otro mundo[…] El fotógrafo selecciona la rareza, la persigue, la encuadra, la procesa, la titula. | Mostrar otro mundo. La humanidad no es “una”. |
| Arbus[…] tras haber transgredido determinados límites cayó en una emboscada psíquica, víctima de su propia franqueza y curiosidad[…] El suicidio parece garantizar que la obra es sincera, no voyeurista, que es compasiva, no indiferente. El suicidio también parece volver más devastadoras las fotografías, como si demostrara que para ella habían sido peligrosas. | Debe mantenerse un pie de “este lado”. |
| Toda la cuestión al fotografiar personas es que no se interviene en su vida, sólo se está de visita. | |
En la caverna de Platón
| Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión. | Ética de la visión. |
| Por último, el resultado más importante del empeño fotográfico es darnos la impresión de que podemos contener el mundo en la cabeza, como antología de imágenes. | |
| Las fotografías son en efecto experiencia capturada y la cámara es el arma ideal de la conciencia en su talante codicioso. Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado. | Cámara como trampa-jaula, cápsula del tiempo, cofre de tesoros. |
| Cuando deciden la apariencia de una imagen, cuando prefieren una exposición a otra, los fotógrafos siempre imponen pautas a sus modelos. Aunque en un sentido la cámara en efecto captura la realidad, y no sólo la interpreta, las fotografías son una interpretación del mundo tanto como las pinturas y los dibujos. | Fotografía como acto creador. |
| Todo uso de la cámara implica una agresión. | ¿? |
| Desde sus inicios, la fotografía implicó la captura del mayor número posible de temas. La pintura jamás había tenido una ambición tan imperial. | |
| […] la fotografía se ha transformado en una diversión casi tan cultivada como el sexo y el baile[…] Es sobre todo un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder[…] Las cámaras se integran en la vida familiar[…] No fotografiar a los propios hijos, sobre todo cuando son pequeños, es señal de indiferencia de los padres, así como no posar para la foto de graduación de bachillerato es un gesto de rebelión adolescente. | Cámara como anexo social. |
| Estas huellas espectrales, las fotografías, constituyen la presencia vicaria de los parientes dispersos. | Fotografía como lazo familiar. |
| La propia actividad fotográfica es tranquilizadora, y mitiga esa desorientación general que se suele agudizar con los viajes. La mayoría de los turistas se sienten obligados a poner la cámara entre ellos y toda cosa destacable que les sale al paso. | Fotografía como modo de certificar la experiencia. |
| Esperanzas frustradas, humoradas juveniles, guerras coloniales y deportes de invierno son semejantes: la cámara los iguala. Hacer fotografías ha implantado en la relación con el mundo un voyeurismo crónico que uniforma la significación de todos los acontecimientos. | Cámara como igualador que convierte la experiencia en una imagen estándar. |
| Fotografiar es esencialmente un acto de no intervención.[…] en situaciones en las cuales el fotógrafo debe optar entre la fotografía y una vida, opta por | Actor vs. Testigo |
| Aunque la cámara sea un puesto de observación, el acto de fotografiar es algo más que observación pasiva. Como el voyeurismo sexual, es una manera de alentar, al menos tácitamente, a menudo explícitamente, la continuación de lo que esté ocurriendo. Hacer una fotografía es tener interés en las cosas tal como están, en un status quo inmutable (al menos por el tiempo que se tarda en conseguir una “buena” imagen), ser cómplice de todo lo que vuelva interesante algo, digno de fotografiarse, incluido, cuando ése es el interés, el dolor o el infortunio de otra persona. | Fotografiar como un acto de incitación o complicidad. |
| Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente. | Retrato-posesión. |
| Cuando sentimos miedo, disparamos. Pero cuando sentimos nostalgia, hacemos fotos[…] Esta es una época nostálgica, y las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular. Casi todo lo que se fotografía, por ese mero hecho, está impregnado de patetismo. | Especie de “defensa otra” contra la nostalgia. |
| Una fotografía es a la vez una pseudopresencia y un signo de ausencia[…] La foto del amante escondida en la billetera de una mujer casada, el cartel fotográfico de una estrella de rock fijado sobre la cama de una adolescente, el retrato de propaganda del político prendido a la solapa del votante, las instantáneas de los hijos del taxista en la visera: todos los usos talismánicos de las fotografías expresan una actitud sentimental e implícitamente mágica; son tentativas de alcanzar o apropiarse de otra realidad. | Fotografías como talismanes. |
| Sufrir es una cosa; otra es convivir con las imágenes fotográficas del sufrimiento, que no necesariamente fortifican la conciencia ni la capacidad de compasión. También pueden corromperlas. Una vez que se han visto tales imágenes, se recorre la pendiente de ver más. Y más. Las imágenes plasman. Las imágenes anestesian[…] El contenido ético de las fotografías es frágil. | Repetición-vulgarización-irrealidad. |
| Mediante la fotografía el mundo se transforma en una serie de partículas inconexas e independientes; y la historia, pasada y presente, en un conjunto de anécdotas. | Discretización de la realidad. |
| Toda fotografía tiene múltiples significados; en efecto, ver algo en forma de fotografía es estar ante un objeto de potencial fascinación[…] Las fotografías que en sí mismas no explican nada, son inagotables invitaciones a la deducción, la especulación y la fantasía. | Polisemia y ambigüedad como valores. |
| Las sociedades industriales transforman a sus ciudadanos en adictos a las imágenes; es la forma más irresistible de contaminación mental. | |
| El más lógico de los estetas del siglo XIX, Mallarmé, afirmó que en el mundo todo existe para culminar en un libro. Hoy todo existe para culminar en una fotografía. | |
Yabo

Un Yabo se planta como emisario
esperando nuestra renuncia
a su señal la arena inexorable
cubrirá nuestras vidas de
la vergüenza y la lástima
dándole una oportunidad al
recuerdo de aquel que al
encontrar una fotografía
supondrá que fuimos felices
Vivimos así en la esperanza
la tarea de construir una felicidad
de la cual no queden dudas y
procuramos cuidar la tierra
sembrarle flores para que
finalmente nos acoja
con clemencia
Paraguaná Febrero 2008
El elogio de la sombra

"Creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias [...] la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra"
Junichiro Tanizaki
Ley de la óptica de los espíritus
El universo, la biblioteca

Foto de la semana en "Roberto Mata Taller de Fotografía", pueden ver los comentarios aquí.
Muere Adriano y no nos lo creemos
La suya era una existencia milagrosa, no sólo por el abuso incesante que infringía a su cuerpo, sino por esas palabras que dejaba caer de sus ojos y sus dedos, dejando siempre una estela de asombro, una extraña mezcla de esperanza y melancolía. Nos acostumbramos con facilidad a los milagros.
Lo vi por última vez en Noviembre pasado, cuando en "El buscón" nos entregaba sus "Cosas sueltas y secretas": un gran misterio para mi.
Una tarde, en el Celarg, nos relató de memoria pasajes de "Tlön, Ugbar, Orbis Tertius" y ante su petición, al borde de las lágrimas, formamos un círculo, nos tomamos de las manos y "rezamos" esos textos. Acaso eso es lo que debamos hacer en este momento:
" Sólo hay un presente que puede proseguirse: el día inexistente, el que no malgastamos día a día, esa hora lujosamente imaginada contra la cual no pueden gigantes ni quimeras ni endriagos ni huracanes. Por ello, corren arroyos sin decirlo, apenas tendidos entre el verde y las nubes que han copiado. Jamás enturbiaré los manantiales para decir que moriré de sed por ti. No es esa buena pista. Porque tú no intervienes. Quiero jugar a prueba tu crueldad. Basta que consideres en qué estado me has puesto por no saber que existo. Este amor lamentoso vive porque no ha nacido en ti, porque no sabes que desfallezco y caigo y prefiero canciones y tormentos por tu desdén que es un desdén que amo."
Todo es flor de un día
"Todo es flor de un día, tanto el que recuerda como lo que se recuerda."
Querer dar es como una pluma de ganso
Conozco un ganso negro
que bate las alas
y suelta una pluma
cada medianoche
flota
se posa en mi
frente y ya no me
asombra verla en
el espejo
cada mañana
mecánicamente
la pongo en mi
bolsillo
hasta que
a una hora incierta
el viento me
reclama que la
lance
y obedezco
sin saber
que hice
La ciudad escondida

Almorzaba con un amigo la semana pasada, un almuerzo largo, pre-navideño, en los que uno intercambia regalos, lee fragmentos de libros y revisa fotos. Mi regalo era un libro de fotografías de Caracas de Gorka Dorronsoro; no lo regalaba por las fotos, que me parecen muy obvias la mayoría, sino por el texto que las acompaña, seis páginas que Cabrujas tituló "La ciudad escondida".
Mi amigo, fotógrafo, nunca había caído en cuenta de la bondad de ese texto. Leíamos algunos fragmentos y sobrevino un gran silencio, impregnado de ese espíritu ontológico que nos invade a algunos en estas fechas. "Cómo hace falta Cabrujas, ¿verdad?", me dijo, "mucho, muchísimo, tenemos una necesidad imperiosa de entendernos y Cabrujas siempre nos ayudó a entendernos".
La tarde se fue haciendo pequeña y terminamos despidiéndonos, abrazándonos con el acuerdo tácito de un re-encuentro en el 2008. De regreso en casa volví al texto de Cabrujas y hoy, luego de volver a leerlo dos veces, decido que es el mejor regalo que puedo hacer a aquel que pase distraído por aquí, acompañado por una imagen de su Catia natal, que he empezado a recorrer y a mirar con asombro. Felices fiestas.
"
La ciudad escondida
Tres monos blancos disfrazados de arlequines o quién sabe si tres arlequines disfrazados de monos blancos, me contemplan bajo el alero de una vieja casa. Están allí, quién sabe desde cuándo, pero en todo caso me pertenecen desde 1945. Han persistido en rni recuerdo, como si fuesen un hallazgo y si algún día en Oslo, por hablar de lo que no existe, algún extraviado tuviese a bien preguntarme por esta ciudad donde nací, creo que mi relato comenzaría por tres monos blancos disfrazados de arlequines y alguna que otra literatura de menor importancia. En 1945, tenía ocho años, y a las cuatro y treinta de la tarde, por alguna razón de horario, salí del viejo colegio de los jesuitas, todo lo viejo que puede ser algo en esta ciudad, donde la palabra antiguo es apenas una ironía.
Camino de la Plaza Bolívar había papelillo y serpentinas, sin razón de fiestas patrias. Unas cincuenta personas, en inglés y sin títulos, celebraban no sé si la caída de Berlín o la muerte de Hitler, alguna contentura que, en todo caso no era mía. Desde el tercer piso del edificio de Panamerican, pilotos y aeromozas azules, arrojaban papeles de colores, como si celebraran la propiedad de una alegría en casa ajena. Pero ese día me gustó reparar, en el paisaje de la calle en la achocolatada mansión del Marqués de Casa León, una de mis mentiras favoritas y hasta en cierta pin-up que promocionaba con moderada lujuria los beneficios sociales de una cajetilla de Chesterfield.
Calles y casas eran las mismas, desde hacía dos años. Los rieles en el pavimento, iniciaban un futuro inútil, puesto que ya el tranvía era apenas una crónica obtusa, o comidilla de velorio. Aquella tarde se llenaron de papelillo, y mi alegría de habitante me hizo olvidar un reiterado enigma, que consistía en preguntarme para qué servían esas dos líneas de acero, cortadas a medio trecho, e incapaces de llegar a alguna parte. Todo esto para atreverme a decir, que fue así como descubrí mi condición de nacido de Poleo a Buena vista, 11-B. -Soy de aquí- me dije, casi excusándome por no entender el júbilo. Once cuadras más tarde, probablemente en Tebas o en Santa Rosalía, camino a la sastrería paterna, vi por primera vez los tres monos retadores y burlones, tal como Edipo, a la hora de jugarse el destino.
Y el primer mono, ciego, me dijo: ¿Cómo es tu casa?
Y el segundo mono, mudo, me dijo: ¿De qué está hecha?
Y el tercer mono, sordo, me dijo: ¿Dónde se encuentra?
Cuarenta y dos años más tarde, me gustaría explicar por qué no pude responder.
Si comenzara diciendo que a veces recorro las calles de esta ciudad, la mentira se me caería de la boca, porque jamás en mi vida he recorrido las calles de esta ciudad. Es más: dudo que alguno de sus habitantes lo haya hecho en alguna oportunidad. Supongo que todo intento de desplazamiento en Caracas, no es sino el logro de un objetivo.
No hay mirador posible, ni ruta biológica, ni Aristóteles capaz de indagar alguna metafísica. Trescientos metros y hay pan. Cuatrocientos cincuenta metros y vi a Humphrey Bogart despedirse en un aeropuerto más o menos africano. Setecientos noventa y puede ser que el Museo de Bellas Artes aún esté en pie y conserve su memoria. Ochenta metros menos y a la derecha, hay ballet, en las cercanías de un héroe mexicano, sin que nadie entienda qué demonios hace ahí ese héroe mexicano. En algún punto de mi vida, quién sabe si a los treinta y cinco años, la edad con la cual comienza la Divina Comedia, comencé a imaginar que todo lo que podía concebir como pasado, incluida la celebración de Panamerican, era fantasmal. Lo que solemos llamar recuerdos, visiones que te asaltan, experiencias que tienen que ver con un muro o con el tamaño de una sombra o las experiencias de un picaporte, toda esa memoria pertenecía a una ciudad muerta, a una ciudad que vivía en mí como un relato de fe. Quiero decir que la ciudad existía sólo en la medida de un testimonio, que vanamente intentaba explicar.
Un día, en mi infancia, extravié el dinero del pasaje, y tuve que caminar desde el centro hasta el Oeste, en una peripecia de seis horas. Recorrí la patria, que como todo el mundo sabe, queda a media cuadra de la Plaza Bolívar, atravesé las bisuterías del viejo Cine Rialto donde solía comprar caramelos, presencié el enigma del fakir Urbano, un ciudadano quiteño que solía ayunar en una urna de vidrio, y la ciudad me desembocó como una piedra errática en el arcano sector Federal, donde podían contemplarse ángeles de prominentes pezones y banderas de bronce conmemorativo, amén de un pajarraco marmóreo que, según mi padre, representaba el futuro y tal vez la nacionalidad. Atravesé la estación del ferrocarril, tan naturalista como Naná, e ingresé en el sector de lo que solía llamar Josefa Cabrujas, la vida, esto es, prostitutas y maricas. Alguien de voz chillona discutía vehemencias con un soldado, y el lugar de pichaques y perros sarnosos se me antojó rosado y de bombillos. Más allá de la vida, comenzaba el barrio obrero y las casas de vecindad que mi agotamiento me hizo recorrer despacio. Capachos ahogados, imágenes del Corazón de Jesús envuelto en llamas y con apariencia de yesquero, la entrada a la vieja carretera de La Guaira, y una sucesión de cien metros y cien metros y cien metros, que ahora sería incapaz de reproducir.
Quiero decir que esta marcha hacia el Hades, se parece en mi caso de caraqueño a la ruta de Orfeo, salvo la intención de Eurídice. Puedo evocarla por los sonidos, por los ladridos, por las voces, por los latidos del corazón, por mi intimidad amenazada en esa aventura, pero jamás por la arquitectura que recorrí. Se trataba de un simple rumbo al Oeste, con la única intención de llegar al Oeste, y alojarme en la calle Argentina, entre 5a y 6a Avenidas, Quinta San Francisco, es decir, hogar. Allí llegué a las nueve de la noche, y tras la natural reprimenda paterna, este Ulises trató vanamente de reproducir la geografía del recorrido. Inútil. Sólo voces. Ruidos, cantos de gallo, Guadalajara es un llano, tapitas de cerveza. Caracas suena. La ciudad se hizo para oírla. No para verla. Es el perfecto ámbito de un ciego, y tal vez por eso los ciegos más diestros que he viso en toda inivida, son los ciegos caraqueños.
Nací en una calle entre dos esquinas, tan literarias hoy en día como la dirección de Arsenio Lupin. Digamos que el correo podía entregarle una carta a mi padre, si en el sobre el remitente escribía: José Ramón. Poleo a Buena Vista, 11 -B.
Supongo que así continuó ocurriendo con los inquilinos de esa casa después de nuestro éxodo familiar al Oeste, hasta 1955, sin que me atreva a apostar la cabeza por ésta o por ninguna otra fecha que aparezca en nuestra conversación. Lo cierto del caso, es que hacia 1960, en la ocasión de una novia y de lo más Raskolnikov, me dio por enseñarle el lugar donde Matilde me trajo al mundo. Como un nuevo Rasmussen, arengué a mi novia, en los términos siguientes: -Novia, te voy a llevar al lugar donde nací. De Poleo a Buena Vista 11-13.
Y a continuación, sintiéndome histórico, le hablé de ciertos terrores infantiles, acaecidos de Poleo a Buena Vista 11 -B. Un sótano. Un nido de alacranes. Un perro llamado Quimbombó. Un fantasma mal entretenido que todas las noches paralizaba el flotante y tres o cuatro mentiras destinadas a exaltarme o a hacerme perdonar los anteojos de miope. Y fui con mi novia, muy a lo Sterne, al arcano vientre de este formidable natalicio. Pero no existía. Quiero decir, no existía 11-B, no existía Poleo, ni mucho menos Buena Vista, ni calle, ni barranco, ni sótano, ni nada. Ni siquiera la topografía, el consuelo de decirle, mira novia, tumbaron mi casa, pero allí donde está ese taller mecánico, o esa quincalla de sirios, nació este servidor. No había nada. No había sitio. No había ni siquiera espacio. La nada más grande que se ha visto, desde que Jehová tuvo su ocurrencia. Cierta plan¡metría, cierta arqueología digna del Museo Británico, me señaló años más tarde, que lo que fue mi casa es hoy en día el metro número doce de una colina artificial, según se excave como si se tratase de Pompeya. Y tenga uno esa inquietud. El general Pérez Jiménez, tuvo a bien decidir esa erupción del Vesubio, que nulificó mi pasado, y prácticamente mi genética en 1956, con ocasión de un despilfarro y sin enviarme ni siquiera un telegrama.
Vivo en una ciudad nueva, siempre nueva, siempre reciente, pero que sólo puede conocerse a través de una nueva arqueología. Casi siempre, la imagen que tenemos de un arqueólogo, dejando de un lado el sombrero de corcho y los pantalones por encima de la rodilla, es la de un hombre que penetra en un recinto olvidado, en un lugar de arañas, y enciende una linterna para contemplar el pasado. Signos, cofres misteriosos, lenguajes olvidados se abren ante sus ojos, como un desafío incomprensible. Alguna vez fui turista en la colosal ladera de Machu Picchu, y aparte del asombro ante una magnificencia imprevisible, prevaleció en mí el desconcierto de un secreto abrumador, esto es, el uso de Machu Picchu. Nadie sabe a ciencia cierta, el sentido final de semejante esfuerzo y por más que uno imagine y reconstruya un verdor olvidado e invente paredes donde ahora hay cascos y pueble el lugar de incas exultantes, y vírgenes consagradas, la montaña terminará por reducirse a un enigma impenetrable. Pero si apelo a mi memoria, Caracas es un monumento enterrado una y otra vez, a la espera de esa nueva arqueología que me gustaría proponer.
Debajo de ella está mi vida, puesto que se trata de una arqueología para reencontrarme a mí mismo, una arqueología sin piedras viejas, ni vasijas rotas, ni momias, ni calaveras. Es la arqueología de lo que he presenciado y ya no existe. Para vivir en esta ciudad no necesitamos de ningún monumento que tenga a bien la gentileza de recordarnos su historia. La historia, la única historia posible, somos nosotros, y la ciudad comienza y recormenza un martes cualquiera como el pajarraco de los romanos, después de una nueva resurrección. El pasado nunca me hizo falta para vivir en ella. Por el contrario, mi pasado, si. Quiero decir que me parece habitual, y quién sabe si lógico, haber perdido la memoria de la casa donde vivió el gramático Bello. Lo que me parece perturbador es no saber dónde quedo yo, en medio de una arquitectura que ru siquiera ha tenido la posibilidad de acompañar a una generación.
La arqueología a que me refiero es la arqueología del derrumbe. Porque así como hay personas que proclaman con orgullo pertenecer a un pueblo de grandes constructores, me atrevo a exhibir hasta con cierta jactancia, que provengo de un pueblo de grandes "derrumbadores", un pueblo demolicionista que hizo del escombro un emblema. Ese es el paisaje que he visto, por no decir que, en el fondo, mis ojos nunca han visto ningún paisaje. Desde luego, no se trata de una ciudad que se reconstruye al estilo de Berlín en los inmediatos años de la posguerra. Reconstruir una ciudad es asumir que todo lo que había en ella era cierto y satisfactorio, como el vestíbulo de la ópera de Viena. Pero Caracas pertenece al ámbito de la destrucción deliberada, como un ladrillo erróneo que termina por no dejamos satisfechos. Caracas es una ilusión de inconformes, y asumirla de otra manera es, sencillamente, creer que vivimos en otra parte y no en lo que hemos fabricado, mientras tanto y por si acaso.
A veces cierta retórica, cierta visión apolínea, mediante la cual una ciudad es un deber, nos lleva a una amarga queja ante cuatrocientos años de provisionalidad. Son esas ocasiones donde nos provocaría que Caracas hubiese sido inaugurada alguna vez como un todo más o menos acabado, o por lo menos satisfactorio. Se habla entonces de humanizarla, de arborizarla, de repintar el Panteón Nacional y vigilar algunos materos municipales, olvidándonos de que una edificación o una calle, son usos y no intenciones, y que las ciudades carecen de objetivos, como no sean aquellos que definen a sus habitantes. Vivir en Caracas me ha enseñado, entre otras maravillas, que todo intento de descubrir sus espacios es un fracaso. Vivo en una ciudad imposible, y si bien recuerdo sus rutas y direcciones, desplazarme en ella no es más que partir de un sitio y llegar a otro, sin que el trayecto me devuelva un significado, o por lo menos, una modesta memoria.
Caracas no es una consecuencia de los caraqueños. Suele decirse que Venecia es la consecuencia de una sociedad comercial que en algún momento de su historia pretendió impresionar a los forasteros. De allí el León de San Marcos y la peripecia acuática de los canales. Se trata de un decorado asombroso y en cierto sentido petulante, mediante el cual sus habitantes aseguraban cierta respetabilidad, cierta magnificencia jactanciosa a la hora de negociar con los extraños. Hay mucho de emblema en las ciudades, puesto que eso que hemos convenido en denominar arquitectura, es, en el fondo, la fantasía, la ilusión del espacio que nos representa. De allí que la demolición ha sido, durante muchos años, nuestro principal sentido arquitectónico.
Hay quien piensa que Caracas comenzó su formidable suicidio en la década de los cincuenta, durante el gobierno de Pérez Jiménez. Eso no es cierto. Si antes no se demolió más, no fue por falta de ganas, sino por escasez de dinero. Pero, desde luego, la colosal bola de acero, derribando a diestra y siniestra cuanto adoquín o azulejo habían dejado el siglo XIX y cuarenta años de gobierno andino, es la perfecta imagen de eso que hemos convenido denominar un suicidio en esta conversación. Me recuerdo a mí mismo, presenciando la demolición del Majestic, el hotel de viejas memorias, donde se alojó Carlos Gardel o donde Titta Ruffo vocalizó alguna bravura, antes de un discutido Rigoletto, por hablar de dos portentos. Recuerdo el sonido de aquella bola, quebrando las paredes ante el maravillado júbilo de centenares de caraqueños que voceaban y ponderaban el movimiento pendular de la pesada mole.
En un cierto momento, la esfera metálica alcanzó una columna y un piso entero se resquebrajó, levantando nubes de polvo. El aplauso fue unánime y emocionado. Era como si nos encontráramos a nosotros mismos en un gesto colectivo que iniciaba una esperanza, y mentiría si digo que alguien expresó una nostalgia. El día revivió el espectro de aquel loco fantástico, apodado El Tiñoso, que días antes del terremoto de 1811, ascendió a la colina de El Calvario para gritar hasta la ronquera: ¡Va a temblar! ¡Se va a caer! ¡Va a temblar! ¡Se va a caer! Quien imagine pesadumbre en la voz de El Tiñoso, no nació en esta ciudad. Quien lo evoque grave y dramático, como la advertencia de un profeta enviado por Jehová horas antes de la catástrofe, simplemente ha equivocado sus días. El Padre Eterno destruyó a Sodoma asqueado de tanta sinvergüenzura y de tanto malentretenido. Los pobres sodonútas corrían desesperados ante tanto fuego y tanto rayo y tanta tierra abierta. De haber sucedido en Caracas, le habríamos dicho al creador: ¡Buena ideal ¡Así la volvemos a hacer!
Ni digo, pues, que recorro sus calles, porque no es cierto, pero algo me ata a lo que esta ciudad significa. Caracas es una maravillosa equivocación española, y quién sabe si el centro de su enigma es esa imposibilidad que tenemos sus habitantes de conocerla. Lugar de tránsito, posada de agobiados en el largo camino al sur y el oro, a veces la pequeña crónica capaz de constatarla nos habla de viajeros y huéspedes incapaces de saber a dónde habían llegado. Humboldt, por citar al más famoso de sus viejos inquilinos, proclama como es rutina la bendición de un valle fértil, la tranquilidad de un clima sin sorpresa, la frecuencia de prolongados aguaceros y el magnífico espectáculo de una fortaleza montañosa, capaz entre tantos dones, de alejar a huracanes indeseables.
Muy pocas palabras para hablar del trabajo de los hombres o de la voluntad de cincelar alguna rosa, por el simple placer de dejarla allí para que otros sean sus testigos. Nunca leí, y si alguien me desmiente será con saña de erudito, ningún asombro, ante nuestras edificaciones coloniales o republicanas. El viajero nos vincula al paisaje, constata la regularidad del clima, se interesa por unos cuantos loros enjaulados o pondera la costumbre de albergar morrocoyes en los patios, como si la ciudad en sí misma careciera de perfil, y quién sabe si de existencia. Nada más patético que un autobús de turistas en Caracas, nada más ímprobo que el trabajo de guía en esta ciudad.
La aventura de un canadiense en Caracas consiste poco más o menos en aterrizar en un aeropuerto parecido al de Houston, ascender unos cuantos kilómetros por una autopista escueta y apenas funcional, comprobar la existencia de un león encementado de reciente data y significado esotérico, desaparecer en sucesivos túneles, que, como actos de fe, conducen a un resifitado, e ingresar a un hotel apátrida de funcionalidad. universal, posiblemente regentado por un húngaro errático. Al día siguiente, algún autobús climatizado vendrá a buscarlo con la intención de trasladarlo a lo que algún desocupado bautizó con el nombre de cuadrilátero histórico de la ciudad. Allí visitará la casa de Simón Bolívar que de remodelación en remodelación terminó por parecerse a la mansión de Alejandro Dumas en el extremo romántico de París. Ascenderá las cuadras suficientes para contemplar el Capitolio y sentir que Napoleón III, como Dios, está en todas partes, y constatará la Plaza Bolívar como un episodio natural donde una domesticada pereza sigue siendo la mejor excusa fotográfica, por insólita y suramericana.
Lo mismo le sucedió al naturalista Humboldt cuando tuvo la ocasión de aproximarse a un temblador, sólo que nadie se tomó el trabajo de convidarlo a un monumento. Muy por el contrario, la mayor invitación que esta ciudad se dignó a hacerle al barón de las curiosidades, fue una función teatral por razones de cultura, y no vaya a creer el alemán que todo es monte. El barón presenció un drama de aspavientos, al aire libre, en un tabladillo con aspiraciones de anfiteatro. Según sus palabras, los actores eran los peores del planeta, pero la felicidad de un teatro caraqueño consistía en la ausencia de techo. No había techo. Había estrellas, constelaciones, episodios de Osa Mayor. Era el recinto ideal de un aficionado a la astronomía. Era el observatorio. La naturaleza seguía siendo nuestra única constancia. El resto es sol, de allí que nuestra mejor promoción turística consiste en decirle a los extraños que vivimos en un lugar donde hay muchísimo sol.
Y es que Caracas inhibe al turista porque se trata de una ciudad carente de fachadas ciertas. Lo que verdaderamente importa en ella sucede más allá del zaguán y después de cerrar la puerta. ¡Qué extraordinaria aventura puede ser, y lo comento, con cincuenta años de amor y pertenencia, vivir en una ciudad sin fachadas representativas! Lo que solemos llamar el frente de la casa es, en el fondo, el único pedazo que salva a la arquitectura del egoísmo. Mi casa anuncia mí manera, sin necesidad de entrar en ella. Mi casa es un credo. Si construyo un balcón y decido complicarlo con algunas -cabriolas artesanales, hay allí un don que ofrezco a los ajenos que me contemplan. Si resuelvo un desagüe y lo convierto en gárgola, es porque en el fondo me interesa la admiración o el simple comentario de los extraños. Pero la ciudad que aún no hemos terminado de construir y mucho menos de disfrutar, se encierra en sí misma y renuncia a la fachada.
Es una ciudad privada. Las casas se enorgullecen por dentro e ignoran al paseante. Todo sucede, como decíamos antes, cuando entramos, cuando dejamos de pertenecer a la calle, y por paradoja, somos libres. Nadie se siente libre caminando por San Bernardino o por los simétricos bloques de El Valle. En primer lugar, porque Caracas es la perfecta negación de lo peatonal. La ciudad se interrumpe en cualquier trayecto, y en ocasiones, alcanzar la acera contraria es un reto no sólo al vigor físico, sino incluso a la inteligencia del ciudadano. La ciudad no realiza mi vida, puesto que ni siquiera toma en cuenta un natural sentido de locomoción. Tengo la sensación, desde hace muchos años, de habitar un lugar inconsulto, decidido en alguna oficina, pero no en mis ojos ni en la biografía de los míos.
No hay un modo caraqueño de Caracas. Hay un modo caraqueño de sus habitantes en un cierto dejo fonético que, según comprobé, hace reír a los mexicanos. Hay un modo caraqueño en la sazón que nos hace utilizar la salsa inglesa marca Perrins para distinguir gran parte de nuestra culinaria. Hay eso que llamamos "guasa", verdadero asiento de una picaresca que en ocasiones sustituye al carácter. Somos unas personas amantes de las aceitunas y de las uvas pasas californianas marca Sun Maid. Preferimos un dejo ligero en la cerveza y abucheamos a los pitchers cuando se salen de la caja y lanzan a primera. ¿No es una identidad? -me he preguntado a veces sin que me importe demasiado la respuesta.
Me bastaría un murmullo en una calle de Helsinki para reconocer a un caraqueño, me bastaría verlo de reojo en un bazar en Samarkanda, eligiendo un tomate, y lo gestual me lo haría fraterno, como los saludos masónicos. Pero en ocasiones, regresando de algún viaje, suelo fantasear en el trayecto de la autopista que me lleva a casa, que soy un extranjero hasta hace poco dormido en el avión, y que ahora abre los ojos, con la desesperación de saber adónde ha llegado. Para ser franco, no lo sé muy bien.
Desde luego, toda la ciudad es una herencia. La ciudad de mis días se decidió hace más de cuatrocientos años, en el más viejo de los países de este continente. Sólo que la decidieron nada menos que tres exilios. Los indígenas que habitaban el valle, fueron sometidos de la noche a la mañana, no sólo a la renuncia del espacio, que es una de las desgracias del exilio, sino a la convicción implacable de que todo lo hecho por sus manos, todo lo aconsejado por sus costurnbres e inteligencias era un error garrafal o una mentira irununda. Nuestros primeros expulsados, no sólo perdieron un rincón amable y reconocible, qué sé yo, una laguna al oeste donde abrevaba la caza o una cueva donde fabular alguna cosmogonía. Peor que eso. Fueron arrojados de sí mismos con las patadas del idioma y la nueva luz de los candiles, por quienes consideraban que una vivienda construida por hombres desnudos era simplemente un atropello a Aristóteles.
El fundador de la ciudad, esto es, el señor de Losada, era a su vez un expulsado de la verdad, o lo que es igual, de España. Inútil decir, por demasiado sabido, que en los siglos XVII y XVIII, desembarcar en América era una tácita confesión de medianía y vergüenza, sólo concebible por una razón de extrema pobreza o extremo deber. Salvo "la tierra prometida" del Norte, que casi siempre fue un destino, en el resto del Continente, desde México hasta la Patagonia, la única ética concebible fue la resignación. Casi nunca, salvo algún cura alborozado, hubo un gusto de viajero, ni una emoción de playa, sino la sensación de una atroz disciplina sólo aliviada por la posibilidad de un cambio de fortuna. Por consiguiente, cuando el señor de Losada, quién sabe si a caballo, dijo que este valle se llamaba Santiago de León, aparte de pronunciar una inmensa arbitrariedad, no quiso decir demasiado. No hubo en su ánimo la sensación de decir... ¡He llegado! Por el contrario, lo que quiso expresar fue... ¡Rapidito, que me estoy yendo! Y el tercero de los arlequines, los negros provenientes de las costas del África, fueron los últimos expulsados de un enigma. Intrusos forzosos, sintieron esta tierra como una desgracia difícil de imaginar, porque ni siquiera la lústoria, les concedía una ambición.
¿Qué casa de siempre podía construir un negro en el trance de América, como no fuese casa ajena, forzada a garrotazos? ¿Qué flor pudo sembrar, quien se quedó viendo el mar como una garantía de su procedencia? Entonces... ¿Cómo puede ser en definitiva una ciudad de exiliados? De allí que la ciudad que hemos construido es un eterno regreso al futuro. Algo nos espera. Algo que intuimos como un logro, como una certeza, como el sitio donde seremos capaces de reconocernos, al modo platónico de la caverna. Mientras tanto, no hay demasiadas preguntas.
No hay orgullo caraqueño. No existe un momento de deslumbramiento del habitante de la ciudad, por la ciudad en que vive. En mi vida me he encontrado a un caraqueño, concediendo incluso la posibilidad de unos tragos, que me haya dicho: ¡Qué bella es esta ciudad! Qué hermosa es esta ciudad, o... «¡Cómo me gusta esta ciudad! Nadie está contento. La ciudad es incapaz de contentar a sus habitantes, y no sólo por una insuficiencia de cañerías o un temor de ser asaltado, sino por algo que va más allá de la calamidad inmediata. No nos contenta nuestro fatuo gótico, ni nuestro románico rematado en tejas, ni las pompas helénicas de algún trasnochado, ni mucho menos la nostalgia colonial de los caserones godos.
Los caraqueños vivimos en una vitrina de sucedáneos, absolutamente irrepetible. Somos la maqueta de una ciudad universal, incapaz hasta ahora de encontrar su financiamiento. Todo lo que hemos levantado, nos pareció en algún momento cierto, pero sólo con la certeza del parecido. En el fondo somos la literatura de una ciudad que debe existir a trocitos en el resto del planeta. Construimos un edificio, esotéricamente denominado El Cubo Negro, como debería llamarse un relato de Lovecraft, sólo porque nos parece cierto, o lo que es igual, contemporáneo. Construimos un hermosísimo teatro de ópera en los tiempos de Guzmán Blanco, porque en ese momento nos pareció tan real como la pomposa partitura de la ópera Ione, que lo inauguró vaya usted a saber por qué.
Eso es lo que somos. La aproximación a una certeza universal, la impunidad de representar al mundo con altivo desparpajo. A veces, asomo la cabeza en el trayecto que me separa de mi trabajo y me hago tan habitual como un florentino. Animo el día con un café italiano, honradamente sudado en una Gaggia sobre el mostrador de una panadería de portugueses, cuya especialidad es el pan gallego. Suelo comprar la prensa en el quiosco de un canario, prematuramente inválido, y saludo la santamaría de mi charcutero de Treviso, apasionado por las especialidades catalanas. Recorro la buhonería del Cementerio con la certeza de no atisbar nada autóctono, y escucho en mi reciente memoria la ponderación de un vendedor de cuchillos cuzqueño, realmente impresionado por el que él denomina, "el eterno filo alemán". Ingreso a una autopista que bien puede conducirme a Detroit, y selecciono el opus 3, número 11, del telúrico Vivaldi. Me aparto en un atajo y desemboco en el guzmancismo de El Paraíso, en el crespismo devenido en taller mecánico, en el castrismo militar. Una musa romana me saluda, siempre y cuando sea capaz de entender el yeso y no andar con demasiados miramientos. Estaciono frente al automercado Cendrillon, regentado por unos madeirenses, y saludo a la conserje dominicana en el trance de regresar a su patria, por una gravedad nonagenaria. Entonces, me pregunto, dónde estoy si no en el centro mismo de una historia por la que Erasmo de Rotterdani quebró alguna lanza.
Últimamente me ha dado por responderle a los tres arlequines de Santa Rosalía.
¿Cómo es tu casa? Como yo mismo, si no la miro desde afuera.
¿De qué está hecha? De pasaporte roto. De pasaje de ida. De déjame ver.
¿Dónde se encuentra? La de verdad, se perdió. La de mentira, esperándome.
1988. Mientras tanto... y por si acaso.
Déjà vu

Es demasiado lo que pides
que cambie hasta la última
gota de mi sangre por ese
negro y viscoso veneno que
corre por tu cuerpo
que te diga que te quiero
me trague las elipsis y
vomite a escondidas mis
palabras, aquellas que no
te nombran ni en sueños
tu sonrisa es una mueca tu
mirada es una ofensa mi
sombra huyó atormentada
y no te quiero mirar porque
me miro y no me quiero
mirar porque te encuentro
y siento asco de mirar
esto que escribo
Zurcido inviSÍble (que no invencible)
El culto a los muertos

Tú tienes las blancas
-mueves-
me muestras los abismos
y me dejo caer
pero no vengo acá para
estar más cerca de la muerte
sino más cerca
de la vida
Una con todo y que sea lo que dios quiera...
Compitiendo por los cielos
reniego tordío
escritura
divina desnudez
de un vestido
mueca del silencio
cuchillo
Nocturna, mas no funesta
Segunda entrega de "Las voces de la tribu"
Esto es sólo un post
Modesta contribución a la teoría de la poética
Poesía es algo
que yo llamo poesía
porque lo he escrito
como poesía o comonopoesía
pero lo he publicado como poesía
Ahora digan ustedes otra vez quéspoesía
Poeta hebreo. Tel Aviv 1934
P.D. Este post pretende, muy humildemente, aportar algo al entendimiento del hecho literario contemporáneo, a través de este también humilde y desdeñable medio electrónico, tan alejado de la excelsa dignidad de la fibra de celulosa.
Hago mi aportación en la postdata para permitir al lector eventual saltársela y disfrutar, si acaso le es propicio, del texto de David Avidán.
Es interesante como tratamos de enderezar la torre de marfil, que sabiamente se había inclinado, en favor de la verdad; confundiendo verdad con forma. Porque ¿qué es poesía sino verdad?. Un dato: las principales obras de la literatura (las de mayor contenido de verdad por letra, digamos) fueron publicadas inicialmente en editoriales (o medios) alternativos. ¿Basura en los blogs?, claro, pero si quieren ver basura en cantidad, eso si correctamente impresa y encuadernada, podemos hacer un tour por nuestra red de librerías. Paradójicamente en nuestra ciudad los tesoros en papel están en el lugar de la basura: bajo los puentes. Quizá el problema es que hemos atrofiado nuestros sentidos.
Para sumar a toda esta confusión, extravío acaso, en el que nos encontramos, coloco una fotografía que nada tiene que ver con el fondo (si acaso existe) de este post, sino con la forma; porque una cosa son las ideas y otra el lugar en el cual lo atrapan a uno, ¿no?
Día de santos (y fotógrafos)
PENNIWIT EL ARTISTA
Yo perdí mis clientes en Spoon River
porque intentaba poner mi pensamiento en la cámara
para captar el alma de la persona.
La mejor foto que hice en mi vida
fue la del Juez Somers.
Estaba sentado muy derecho, y me hizo esperar
hasta que consiguió mirar recto con su ojo torcido.
Y entonces, cuando estuvo preparado, dijo "Adelante".
Y yo grité "Denegado", y su ojo se le volvió a torcer.
Y le saqué con la misma expres







